A partir de la segunda mitad del siglo XX, con la
aparición definitiva de los antibióticos gracias a Fleming; la medicina
presenta un desarrollo vertiginoso en todos sus campos, que conlleva a la
diseminación de múltiples especialidades médicas y posteriormente, el
surgimiento de subespecialidades (fellowships) que ponen de manifiesto,
el gran alcance del conocimiento humano. Este proceso vino de la
mano con nuevos conceptos científicos con relación a patologías, diagnósticos y
tratamientos, que impactaron de manera directa y favorable, en la calidad de la
vida de todas las personas del mundo. Se puede observar que hoy en día, se
logró erradicar enfermedades como la viruela que hace dos siglos,
cobraban millones de vida en el mundo; así como también, se pudo prevenir
numerosas enfermedades infecciosas por medio de la vacunación y disminuir la
mortalidad infantil y materna gracias a los controles prenatales y otras
medidas de atención del parto. El VIH pasó de ser una enfermedad desconocida y
letal hace treinta años, a una enfermedad crónica más, que en la actualidad, puede ser manejada sin problema con medicamentos orales. Finalmente, el último
gran reto lo ha constituído el cáncer, que en un porcentaje no despreciable, puede
ser tratado y en algunos casos curado, en función del tiempo de evolución y
compromiso del mismo.
Todo lo anterior, se ha ido presentando de forma sinérgica y coordinada con el desarrollo de nuevas tecnologías médicas, que incluyen procedimientos, laboratorios (incluídos los marcadores moleculares) e imágenes diagnósticas que permiten al médico, tener mejores herramientas para el abordaje de la enfermedad, ya sea desde una perspectiva preventiva, o del manejo de las complicaciones y discapacidad generadas por ella. La hiperespecialización de la medicina, es entonces, un fenómeno natural del conocimiento, con el cual los sistema de salud deben familiarizarse y convivir. No es extraño por tanto, que cada vez de manera más frecuente, encontremos médicos que se dedican a tratar una parte muy específica de la anatomía y fisiología del individuo (cirujanos hepatobiliares, endocrinólogos diabetólogos, electrofisiólogos, ortopedistas de alguna parte exclusiva del cuerpo, etc).
A priori, esto representa un avance no solo científico sino también social, pues una mejor comprensión de la enfermedad, con mejores ayudas diagnósticas y terapéuticas, significa mejores condiciones de vida para las personas y una dignificación misma de la vida. Sin embargo, ha representado al mismo tiempo, una amenaza para el ejercicio de la medicina, ya que la hiperespecialización conlleva a un escenario limitado para el ejercicio del médico, pues su actividad se circunscribe a un campo muy específico del saber, fuera del cual, no se tienen herramientas para el abordaje del paciente y su enfermedad. No es raro ver que entonces, en el ámbito hospitalario, que en oportunidades se carece de capacidad para abordar condiciones patológicas generales (y de baja complejidad), secundario a la misma profundización del conocimiento y que ciertas enfermedades, requieran la intervención de múltiples especialistas que así mismo, carecen de habilidades comunicativas transdisciplinarias.
Por otro lado, la explosión tecnológica de la que somos testigos y que también ha traído innumerables beneficios, plantea un reto para las sociedades científicas actuales. Dada la alta capacidad de diagnóstico de muchas tecnologías médicas, hoy en día, se evidencia un fenómeno en donde la capacidad semiológica, clínica y la epidemiológica, están siendo reemplazadas por una conducta paraclinista, en donde no se entrena las capacidades médicas sino que por el contrario, las conductas están basadas en la generación de innumerables estudios diagnósticos (muchos de ellos innecesarios), que en ninguna medida exigen, el raciocinio médico y el ejercicio real de la profesión. Casi que en algunos lugares, la medicina se ha convertido en una actividad maquinista de enviar estudios por default, hasta obtener un resultado positivo (Estados Unidos es el mejor ejemplo), perdiendo el horizonte clínico que exige esta valiosa carrera.
A priori, esto representa un avance no solo científico sino también social, pues una mejor comprensión de la enfermedad, con mejores ayudas diagnósticas y terapéuticas, significa mejores condiciones de vida para las personas y una dignificación misma de la vida. Sin embargo, ha representado al mismo tiempo, una amenaza para el ejercicio de la medicina, ya que la hiperespecialización conlleva a un escenario limitado para el ejercicio del médico, pues su actividad se circunscribe a un campo muy específico del saber, fuera del cual, no se tienen herramientas para el abordaje del paciente y su enfermedad. No es raro ver que entonces, en el ámbito hospitalario, que en oportunidades se carece de capacidad para abordar condiciones patológicas generales (y de baja complejidad), secundario a la misma profundización del conocimiento y que ciertas enfermedades, requieran la intervención de múltiples especialistas que así mismo, carecen de habilidades comunicativas transdisciplinarias.
Por otro lado, la explosión tecnológica de la que somos testigos y que también ha traído innumerables beneficios, plantea un reto para las sociedades científicas actuales. Dada la alta capacidad de diagnóstico de muchas tecnologías médicas, hoy en día, se evidencia un fenómeno en donde la capacidad semiológica, clínica y la epidemiológica, están siendo reemplazadas por una conducta paraclinista, en donde no se entrena las capacidades médicas sino que por el contrario, las conductas están basadas en la generación de innumerables estudios diagnósticos (muchos de ellos innecesarios), que en ninguna medida exigen, el raciocinio médico y el ejercicio real de la profesión. Casi que en algunos lugares, la medicina se ha convertido en una actividad maquinista de enviar estudios por default, hasta obtener un resultado positivo (Estados Unidos es el mejor ejemplo), perdiendo el horizonte clínico que exige esta valiosa carrera.
Existen también, consecuencias económicas asociadas a los altos costos que traen para los sistemas de salud, la incorporación de nuevas tecnologías y áreas del saber. Si bien es necesario, justo y lógico que los pacientes tengan acceso a los mejores profesionales y ayudas diagnósticas y terapéuticas, en una gran proporción, se abusa de éstas, generando gastos no justificables para ciertas condiciones clínicas; todo esto mediado en buena parte, por un ejercicio poco clínico, a la defensiva y en función en ocasiones, de la satisfacción de los deseos del paciente. De esta manera por ejemplo, se envían diariamente resonancias magnéticas para cefaleas tensionales o migrañosas; tomografías contrastadas para cuadros disentéricos y antibióticos de amplio espectro para cuadros gripales; que ponen en evidencia, la conducta sobrediagnóstica y paraclinista de la medicina actual.
Así mismo, somos testigos de las quejas generalizadas para el acceso a la atención por especialistas, muchas de ellas, asignadas a meses de diferencia. Sin embargo, llama la atención al indagar con los mismos especialistas, que un gran porcentaje de la consulta atendida, corresponde a patologías de baja complejidad que pueden ser resueltas por un médico general o familiar y que al verse de forma global, ocupan espacios de atención que podrían emplearse para personas que en realidad si demanden de manera prioritaria la valoración por un especialista. Este hecho pone en jaque la justicia y equidad en el acceso a la atención especializada, que no puede estar mediada por la demanda inducida por el desarrollo tecnológico, sino por procesos de enfermedad para los que lo necesitan. Debemos cuestionarnos entonces, si es necesario que por ejemplo, una persona joven, diabética, sin complicación de órgano blanco, requiera atención directa por endocrinólogo o si por el contrario, pueda ser manejada en primera instancia por un internista o médico familiar.
No se trata entonces de negar servicios o hacer lo menos posible por el paciente; se trata de hacer lo justo y lo que necesite. Se trata de velar por el cumplimiento de sus derechos y garantizar la mejor atención posible, pero bajo un criterio responsable, ético con la profesión y que no esté mediado por ningún tipo de presión ya sea de la industria ni del paciente mismo. Se debe garantizar el abordaje por el especialista idóneo, con la tecnología diagnóstica que exija su proceso patológico (ni más, ni menos), y el mejor tratamiento posible (bajo la evidencia de efectividad). Pero al mismo tiempo, se deben proteger los recursos del sistema de salud y no caer en la conducta del sobrediagnóstico y el paraclinismo, que también son una forma poco ética de practicar la profesión y perjudicar el principio de justicia y equidad de las poblaciones en torno a la salud.
El reto recae entonces sobre todos los actores: la academia y la formación que da a los médicos actuales; el sistema de salud y las garantías de atención necesaria y adecuada para todo lo que requieran los pacientes; y finalmente, los pacientes mismos, los cuales deben tomar un rol activo y responsable frente a la autogestión de la salud y las demandas que generan a los prestadores. Solo de esta forma, podremos gozar de manera plena, de todos los beneficios indudables que nos ha traído la hiperespecialización de la medicina.
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