La enfermedad es un fenómeno que se puede presentar de forma imprevista y con una velocidad variable, en función de la etiología. Las enfermedades infecciosas, por ejemplo, tienden a instaurarse con un patrón más veloz y la presencia de signos clínicos son generalmente, cuestión de horas a días. Sin duda alguna, cualquier patología esta acompañada de una carga psicológica, cultural, social y económica, que motiva a los individuos a consultar a los servicios de salud, con una prontitud diferente.
Sin embargo, existen tendencias históricas que demuestran que, los servicios de salud -principalmente las urgencias- presentan mayor congestión al inicio o finalización de semana. Para cualquier trabajador o prestador de salud, no es ningún secreto, el alto flujo de pacientes los días lunes y la alta demanda de servicios que en muchas ocasiones, colapsan la red institucional y repercuten por lo tanto, en la calidad, oportunidad y eficiencia del servicio prestado. No solo es problema en cuestión de tiempos tediosos de espera, sino que los es principalmente, en capacidad para identificar entre decenas -o centenares en algunos hospitales- de personas, aquellas que requieren una priorización por su condición clínica y por tanto, una atención más inmediata.
Esta situación repetitiva y problemática, requiere un compromiso no solo a nivel institucional garantizando procesos de eficiencia, sino también por parte de la población. Si bien existen un sin número de condiciones clínicas, que no dan espera por su potencial riesgo de vida o limitación funcional que generan; hay muchas otras condiciones que no justifican una consulta por los servicios de urgencias. Es normal encontrarse pacientes con cuadros clínicos de días o semanas de evolución y que no generan ningún tipo de limitación funcional, congestionando los diferentes hospitales y contribuyendo de forma significativa, a la problemática planteada.
Este fenómeno obedece a varias razones; en primer lugar, expone un escenario de análisis sociológico , que es la baja tolerancia que se tiene a cualquier tipo de molestia. En el mundo contemporáneo y a partir de los valores neoliberales, los individuos se caracterizan por un comportamiento orientado hacia la inmediatez, en donde no se toleran los procesos y cualquier situación o condición, que implique paciencia para superar un padecimiento, es interpretada moralmente como injusta; por lo que la objetividad clínica se ha visto desbordada por la personalización extrema que deriva, en una medicina del deseo. No es por tanto raro, que pacientes que consultan a urgencias por cuadro gripales (no son pocos), acudan pretendiendo que de manera súbita e inmediata, se acaben síntomas como la tos, congestión o debilidad; y que todo concepto que no garantice este resultado por parte del médico, sea visto con recelo y/o inconformismo, cuando ya se conoce desde hace muchísimas décadas, el curso natural de estos cuadros con auto resolución paulatina.
En segundo lugar existe un componente natural y lógico a la condición humana, que es el sentimiento que lo propio, constituye lo más prioritario y debe prevalecer frente a las necesidades de otros. En este sentido, si bien se ha creado una conciencia de respeto por los extremos de la vida y las mujeres embarazadas, fuera de estos criterios, es difícil que las personas comprendan la situación del otro y por tanto, sean concientes de la oportunidad de atención que un motivo no urgente, le puede estar quitando a otro que realmente lo necesita. Estrategias como el TRIAGE mediante la resolución 5596 de 2015, han intentado garantizar una adecuada selección en la priorización de la atención, sin embargo, debe partir también desde una conciencia individual y social.
En tercer lugar, se aprecia que algún porcentaje de la población, congestiona los servicios de urgencia por cuestiones ajenas a una enfermedad, esto es, consultas motivadas por intenciones de inasistencia laboral o académica. Según estudios realizados previamente, aproximadamente un 60% de las personas que ingresan a los servicios de urgencias, no necesitan de éste. Es frecuente ver que días como por ejemplo los lunes, el flujo sea mucho mayor y que gran parte de los pacientes estén de manera tácita, sugiriendo la generación de incapacidades, las cuales entre otras cosas, le cuestan anualmente al sistema cerca de 1 billón de pesos.
Finalmente hay un último factor claro, y es el desconocimiento de la población en algunos casos, de la opción de consulta prioritaria por medio de la EPS, que sumado a las fallas administrativas de algunas de ellas, para gestionar de forma eficiente el acceso a dicha consulta, generan muy poca respuesta para los problemas de salud de baja y mediana complejidad; lo que termina obligando en última instancia, a asistir a los servicios de urgencias de las diferentes instituciones prestadoras de salud.
Teniendo en cuenta lo expuesto, es necesario un compromiso de todos los actores del sistema de salud, con el fin de garantizar una desaturación de los servicios de urgencias y por ende, una mejor oportunidad de acceso para aquellas personas que en realidad lo necesiten. Si bien existe un contrato social para la prestación de los servicios, éste también exige una reflexión ética y un compromiso por parte de la población; con el fin de no abusar de los mismos ni perjudicar económicamente al sistema. Recordar que los recursos en salud no son ilimitados, por tanto, la administración también depende las conductas sociales que se adopten de manera individual y colectiva.
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