La muerte es uno de los tantos procesos que se deben afrontar como seres humanos, y que como todo proceso vital (pues aunque parezca obvio, se requiere estar vivo para morir), tiene un profundo significado a nivel psicológico, social y cultural. Dicho significado esta marcadamente influenciado por factores religiosos, cognitivos, emocionales y económicos; hecho que hace que el abordaje de este proceso, sea una tarea compleja para el personal de salud, pues demanda de una reflexión filosófica íntima en función del propósito de vida de cada persona.
Desde la medicina, es innegable lo que las tecnologías en salud han logrado con respecto al aumento en la expectativa de vida de la población. Hoy en día, gracias al desarrollo de vacunas, procedimientos y medicamentos, es bastante raro que alguien muera por polio, salmonelosis o difteria; así como también, enfermedades como el VIH, sífilis, algunos tumores o lupus, se comportan como patologías crónicas, las cuales son tratables con los medicamentos desarrollados y por ende, garantizan la vida de los enfermos por un largo tiempo. Eso sin duda, es un logro social y científico que no se puede desconocer; sin embargo, como bien decía Héctor Abad Gómez hace ya 40 años: "En la escuela de medicina aprendemos mucho sobre las vidas de los parásitos, de las bacterias y de los hongos y muy poco sobre la vida de los hombres, sujetos a quienes nos hemos dedicado a salvar sin preguntarnos por qué ni para qué. Asumimos que toda vida humana es valiosa y creemos contribuir al bienestar humano general, salvando la mayor cantidad de vidas que podamos y previniendo toda muerte prevenible. ¿Qué hemos conseguido con esto? Aumentar la cantidad de vidas humanas, sin preguntarnos su calidad."
Y es acá donde entra el gran dilema al cual se enfrenta la salud hoy en día, y es determinar hasta dónde vale la pena prolongar la vida. Esa vida que puede explicarse en términos fisiológicos como un conjunto de funciones cerebrales que a su vez dirigen las funciones de otros órganos; pero por otro lado, esa vida que per se tiene un significado más trascendente, complejo e íntimo; donde su valor, está sustentado en una funcionalidad, una racionalidad y una construcción social de vínculos a través de experiencias y sentimientos que dan un sentido a la existencia.
El desarrollo tecnológico está llevando a la medicina al terreno del hacer, del alargar la vida a toda costa, sin reflexionar bajo qué condiciones se está extendiendo la misma. Actualmente, el exceso de medicalización soportado por el deseo de prolongar la existencia, transgrede los valores más íntimos de los individuos. La vejez se ha asumido como un problema, como una calamidad, y no como lo que realmente es: otra etapa de la vida, muy digna de vivir plenamente, llena de sentido, sabiduría, tranquilidad y el compromiso de entregar un legado a generaciones más jóvenes. El afán y la obsesión postmoderna por la juventud, genera una constante negación de cambios fisiológicos y psicológicos naturales del paso del tiempo, que desembocan en una carrera agotadora (y siempre perdida) contra el envejecimiento.
A diario en los hospitales, podemos ser testigos de personas muy longevas pero que ya no recuerdan quiénes son, personas con un inmenso sufrimiento pero conectadas a ventiladores, sondas de gastrostomía o máquinas de diálisis que alargan -innecesariamente- su vida, a un costo psicológico, moral y social bastante agresivo y dramático; no solo para el paciente sino también para su familia y entorno. ¿Qué hace que la vida sea lo suficientemente significativa como para seguir viviendo?
Debemos aprender a vivir la muerte como otro proceso natural -y necesario- de la vida. Debemos asumirla y vivirla de la manera más digna, con facultades mentales y físicas buenas, rodeándonos de nuestros seres queridos, perdonándonos, queriéndonos y cosechando momentos significativos que se alojen en ese rincón llamado memoria. Es fundamental que tanto el paciente como la familia, comprendan la enfermedad y tengan acceso a unos cuidados paliativos adecuados que le permitan vivir sus últimos días, meses o años, de la manera más trascendente y alejados de un sufrimiento desgastante e inútil.
Este no es un tema fácil de discutir, ya que confronta indudablemente, todo tipo de creencias y cuestiona muchos de los valores sociales que se han adoptado a lo largo del tiempo; sin embargo, vale la pena abordarlo y preguntarse hasta qué punto, el encarnizamiento terapéutico en vez de dignificar la existencia, le roba progresivamente identidad a la misma.
Finalmente, les dejo algunas reflexiones de un neurocirujano indio, que muere prematuramente por un cáncer de pulmón pero que su testimonio, demuestra la valentía de vivir el tiempo restante, de una forma llena de significado.
"Would you trade your ability -or your mother's- to talk to a few extra months of mute life? The expansion of your visual blind spot in exchange for eliminating the small possibility of a fatal brain hemorrhage? (...) How much neurologic suffering would you let your child endure before saying that death is preferable?"
"Conversely, we knew that one trick to managing a terminal illness is to be deeply in love-to be vulnerable, kind, generous, grateful"
"He cried on his last day in the operating room. He let himself be open and vulnerable, let himself be comforted. Even while terminally ill, Paul was fully alive; despite physical collapse, he remained vigorous, open, full of hope not for an unlikely cure but for days that were full of purpose and meaning"
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