Las vacunas son posiblemente, una de las tres intervenciones más importantes en la historia de la salud pública junto al desarrollo de los antibióticos y el lavado de manos (asepsia). En términos generales, una vacuna es una sustancia biológica que contiene un microorganismo (muerto/atenuado) o un producto, que estimula la respuesta inmunológica en el organismo, con el fin de crear anticuerpos que permitan posteriormente, la defensa frente a dicho agente en plenitud de sus funciones agresoras. En su gran mayoría, las vacunas están destinadas a prevenir enfermedades infecciosas -algunas crónicas- que durante milenios, generaron centenares de epidemias con una mortalidad muy alta.
Es casi imposible negar desde la epidemiología (quizás es un acto de testarudez), el impacto trascendental de las vacunas en la reducción de la morbi-mortalidad de las poblaciones, el aumento de la esperanza de vida y la reducción de costos a los sistemas de salud en lo que respecta a la atención y tratamiento de la discapacidad asociada a estas enfermedades. Hoy en día es un escándalo (al menos en países de mediano y alto ingreso), ver un niño con poliomielitis o una muerte por rabia; así como también, para un estudiante de medicina, hoy en día sería un inmenso reto diagnóstico identificar un nuevo caso de viruela (ya erradicado). En los países de alto ingreso, la mortalidad por cáncer de cérvix, por ejemplo, no se encuentra entre las 5 principales causas de muerte por cáncer.
Pero a pesar de esto, luchando contra la evidencia y paradójicamente contra el éxito social y científico, han aparecido grupos que rechazan este tipo de intervenciones y que por tanto, no se adhieren a los programas establecidos. Los movimientos antivacuna pelean contra la evidencia desde diferentes frentes, pero recurriendo generalmente a los mismos argumentos: ven en cada intervención médica un plan conspirativo; ven en cada logro científico, una amenaza a sus creencias mágico-religiosas; ven en cada vida salvada y potenciada, una agresión a la naturaleza humana (como si fuera natural tener una expectativa de vida de 40 años); pero sobretodo, ven la necesidad de difundir conceptos sin el mínimo rigor argumentativo ni mucho menos, sin la mínima responsabilidad social. Un regreso a la caverna. En Estados Unidos, el sarampión había sido eliminado a principios del nuevo milenio gracias los programas de vacunación que incluían la conocida triple viral (MMR por sus siglas en inglés); sin embargo, durante el 2014, se reportó un brote de sarampión gracias a dos personas no vacunadas, pertenecientes a la comunidad Amish y que habían estado en Filipinas (donde se contagiaron). Luego de regresar, propiciaron la aparición de 383 casos reportados en Ohio. Lo curioso es que de esos casos, el 99% correspondían a individuos de la comunidad Amish que tan solo tenían coberturas de vacunación del 14% de la MMR (1). Finalmente en Argentina, hace dos días se confirmó un caso de sarampión no importado en Buenos Aires, después 18 años sin reportes. Vale preguntarse, ¿hasta dónde vamos a llegar?
Colombia también ha sufrido este fenómeno de manera más dramática, en el último mes. Esta vez, los movimientos antivacunas no son los protagonistas; sino, la crisis política y humanitaria de Venezuela, que ha propiciado nuevos brotes de enfermedades infecciosas (sarampión, difteria, tuberculosis, malaria), los cuales junto a los procesos migratorios, se han ido extendiendo a los países vecinos. Esta semana, fue confirmado por el Instituto Nacional de Salud, el cuarto caso de sarampión procedente de Venezuela. Las alarmas están prendidas y el Ministerio de Salud y Protección Social, ha reforzado el esquema de vacunación a nivel fronterizo y en las diferentes regiones donde se presenta el mayor éxodo de venezolanos. La dificultad radica en que en estos fenómenos demográficos (migraciones), se hace muy complejo tener un control estricto de las personas que ingresan a un territorio, y del mismo modo, la latencia y transmisibilidad de las enfermedades infecciosas, varia muchísimo de acuerdo a las características del agente (no es lo mismo el sarampión que la tuberculosis, por ejemplo). Muchas de esas poblaciones van a asentarse en lugares donde hay importante pobreza y condiciones de vulnerabilidad, hecho que sin duda, genera un caldo de cultivo ideal para que estas enfermedades se transmitan con mayor rapidez y las consecuencias sean aún más drásticas.
El mundo actual nos ofrece a diario, significativos avances a nivel científico -y social- en lo que respecta a la histórica lucha del hombre frente a la enfermedad. Sin embargo, en toda lucha existen riesgos y desafíos. Hoy en día vemos que a pesar que los innumerables logros en el control de las enfermedades infecciosas por medio de las vacunas y el consecuente aumento de la esperanza de vida, aparecen fenómenos sociológicos y políticos que de manera silenciosa y paulatina, pueden echar para atrás, décadas de lucha en el campo de la salud. Todos tenemos un rol protagónico en este sentido; pues por los patrones de diseminación asociados a los procesos de movilidad del mundo globalizado, nadie esta exento de verse afectado. ¿La manera más sencilla? Vacunando, recomendando, educando y en especial, tomando una actitud seria y crítica frente a los jinetes apocalípticos de cada época.
1. http://www.nejm.org/doi/full/10.1056/NEJMoa1602295
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